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Que me ratifico...





Estas imágenes son de España... es tan parecido todo a veces.

No entender, siempre es un riesgo para el otro, y no entender lleva también a no entenderse.
Somos por comparación, nos sentimos felices o desgraciados por comparación, notamos euforia o decaimiento por pura comparación... pero el problema fundamental, el insoslayable, es no entender [que es algo mejor que ‘no querer entender’].
Los saltos culturales, sociales y geográficos siempre propician desencuentros de entendimiento... desde el idioma, que, siendo el mismo, propicia indefiniciones o sustancia distinta para el mismo vocablo... y yo no me acostumbro, no tengo cintura para bajar o subir a los niveles de quien tengo enfrente cuando en la conversación se cruzan distintas constantes culturales, religiosas o sociales... y suele ser solo cuestión de ajustar parámetros antes de entra en discusión.
Claro está que el pobre de aquí es distinto que el pobre de Zambia, y aquél es muy distinto del de Bielorrusia, y éste diametralmente distinto del de Nicaragua... este ya es un punto de partida para centrar un poco el asunto y entrar en caminos de entendimiento... también se puede acordar que, en las distintas pobrezas geográficas, la sensación de vacío inabarcable es la misma... y el agotamiento insondable... y la angustia... también estaríamos de acuerdo en que hay una pobreza llena de dignidad y otra personal y endémica [a la que me gusta llamar pauperismo] que tiene como signo el dejarse y el no luchar.
Yo, sinceramente, llevo muy mal que me vean ‘henchido de riquezas’, porque es mentira [dije antes que se es por comparación], que tan solo habría que medirme con las escalas de mi sociedad para darse cuenta enseguida de que soy un individuo con demasiadas dificultades para salir adelante cada día... claro, que si se me compara con un aldeano de La Candona, pues puede que parezca uno de los tipos más afortunados del mundo. Hasta tal punto se es por comparación, que en un estado mental de pobre del primer mundo es posible que se pueda sufrir más que en un estado mental de pobre del tercer mundo [cuando digo esto, o alguna cosa parecida, hay quien desde algún sur me malinterpreta y se ofusca para mi disgusto].
Puestos estos mimbres de base para iniciar una conversación de consenso sobre la pobreza, resulta que en el trasunto conversacional salen temas transversales que vuelven a torcerlo todo: la religión, el patriotismo, el apego a la tierra, la mirada económica y hasta el clima o los gustos musicales... y así resulta imposible hacerse entender.
Vista mi incapacidad de diálogo sin cabrear al de enfrente, debo dejar claros varios conceptos:

Si intento ciertas ideas elaboradas sobre la pobreza, sus causas y sus posibles soluciones, es porque estoy realmente preocupado por el tema y busco ‘eficacia’ en ‘mi’ acción por medio de un proceso reflexivo.
Si me muestro crítico y hasta extremadamente duro en algunas de mis ideas con respecto a las situaciones de pobreza extrema, es porque me lo pide un pensamiento elaborado, basado fundamentalmente en mi experiencia con el tema [que puede ser correcta o incorrecta, pero es mi experiencia].
Si cargo las tintas contra el modelo religioso o los modelos políticos y económicos, es porque estoy absolutamente convencido de su culpa [como estoy convencido de la mía particular, y me doy caña, que este diario la contiene para dar y regalar].
No es mi intención, ni lo ha sido nunca, herir con mis pensamientos verbalizados a quien realmente sufre las situaciones más duras de pobreza, pero sí es mi intención poner unos cuantos conceptos claros para que les hagan detenerse a pensar en la gestión de sus vidas y en la parte de responsabilidad que les corresponde, intentando despertar cierta reacción contra su situación aceptada y padecida.
Cuando generalizo, estoy generalizando... es decir, no me refiero a casos concretos, ni a familias concretas, ni siquiera a países concretos [de ahí mis primeros párrafos sobre ‘ser por comparación’].

Y que uno no es maravilloso ni tremendamente malvado cuando procura darle vueltas lógicas a un problema que es real y global, cuando va elaborando respuestas y las comparte con afán positivo y con ganas de encontrar un solucionario correcto... porque `pensar’ y ‘racionalizar’ pertenece profundamente a mi forma de ser y estar en el mundo, y también a mi obligación aprendida de responsabilizarme como un hombre entre los hombres. Sinceramente, en cualquier otro tema puedo ser recriminado y aceptarlo, pero no en un tema tan grave como la situación de pobreza de millones de personas en el mundo, un tema que realmente me preocupa [y desde hace una buena piña de años] y al que le he dado cien mil vueltas [incluyendo múltiples intentos de acción con distintos resultados de éxito y fracaso].
En este caso no puedo pedir disculpas por pensar como pienso ni por sentir como siento... sé exactamente que he sido mal interpretado y pido relectura y un pequeño esfuerzo por ‘entender’.
¿Pensar en cómo poner soluciones a la pobreza extrema es malo?... lo que sucede es que hay demasiadas cosas en esta vida que no resisten el análisis.
Y que me ratifico, palabra por palabra, en mi entrada del día 6 de enero, porque es lo que pienso y lo que siento.

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