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Karmelo Iribarren


La magnitud de la improbablilidad es la que me arroja siempre cierto grado de esperanza, porque lo improbable acaba sucediendo con asombrosa frecuencia: Improbable era la evolución desde lo unicelular hasta lo humano, y sucedió, como improbables son cada uno de los sucesos diarios que afectan a animales, plantas y cosas. No se espera el suceso –pues hay mil posibilidades de mucha mayor probabilidad–, pero lo improbable llega y produce sus giros, cambia destinos, enturbia futuros o los despeja... y en eso fío, porque la vida ya me ha demostrado varias veces que el control no sirve, como no sirve el camino perfectamente trazado. Damos bandazos en unos parámetros que nos resultan inexorables y el cedazo de la fortuna hace su juego, unos pasan a ser la justa mena social y el resto sobrevive en la escoria y la alimenta. El hombre es una anécdota que ríe o llora sin poder dominar el gesto de su boca.
Un buen remedio para ir pasando el trago hasta que llegue el día en que lo improbable suceda, es reírte a mandíbula batiente de los demás justo cuando despiertas con el día y partirte el culo de ti mismo en el exacto instante en que el cansancio te vence por la noche. Otra solución implica siempre más sufrimiento del necesario, y no estamos como para ir derrochando esa clase de energía.
(21:04 horas) Hay ciertas personas con las que hay que utilizar siempre el tono categórico –que es el de los predicadores– para que caigan sin problemas en tus redes. Normalmente son los tipos más mediocres, los que cuando te ven lleno de dudas venidas de la razón se elevan sobre ti para machacarte. Yo confieso que cada día utilizo más este tono impostado en mi voz, pero suelo mezclarlo con ironía y acidez.
(22:13 horas) Asentarse en una idea y dormir... eso es lo que más me molesta del hombre, ojo, pero de cualquier hombre... Mis amigos de izquierda adaptados a su idea de la izquierda como mojados conservadores, mis amigos poetas chorreando en su rol de palabreros egregios de la nada, mis amigos profesores imbuidos del «no» que es tener la vida arreglada en un margen de nómina cercano a los dosmil o tresmil euros, mis amigas templando su halitosis feminista y disfrutando en problemas de nada como musas, mis musas con su insana costumbre de olvidarme por otros hombres... Todos/as muertos de complacencia, todos ataditos a sus convenciones –las convicciones son otra cosa–. Ser distinto también resulta convencional cuando te empeñas en ello sobre todas las cosas.
Quisiera despertar mañana y hablarle a cada uno de ellos a la cara y con franqueza: decirle al amigo de izquierda que hay una estética de la resistencia que le es opaca, decirle al amigo poeta que sus versos son mucho menos que una gota sumada al mar, decirle al amigo profesor que hay una ética que está por encima de las palabras y habita por debajo de la piel, decirle a cada una de mis amigas que en su sexo aún hay jugos que no han sido libados, decirle a mis musas que hago el amor de tarde en tarde y ya no pienso en ellas... y decirme a mí mismo que también soy convencional en mi cobardía, que soy un cero a la izquierda de todo lo que me rodea, que no doy ni un uno por ciento de lo que podría dar, que no sé ni ser fugitivo, que estoy adormecido, blando, muerto, completamente imbécil.

Comentarios

  1. Nunca es muy temprano para pensar. Gracias por tus links. Entre dos coches, eso me pasa a mi.Me caes bien. Gracias, sol.

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