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Las metas sirven para alumbrar distancia.

Mi meta en la vida es percibir con claridad todo lo que me rodea, saber cómo y para qué debo trabajar con esa percepción clara, acompañar a mi pensamiento en el proceso y dejar que el resto del mundo vaya a su bola sin que me haga caer en sus trampas ni embeberme con sus estúpidos señuelos.
Algo es algo, colegas, que a punto de cumplir los cincuenta sepa, por lo menos, cuál es mi meta en la vida.
Otra cosa muy distinta es que llegue siquiera a acercarme a esa meta utópica. Quizá me hicieran falta mil años… Lo llevo chungo, ¿eh?
(11:50 horas) Debiera escribir un libro con el título [parafraseando a Roger Wolfe] “Días perdidos en el teléfono móvil”. El caso es que no entiendo estos cacharros mágicos y esta mañana me he pasado dos horas enteritas de reloj intentando cambiar el pin al nuevo terminal que me han colocado unos tipos de Orange. No lo he conseguido, claro, por lo que tendré que hacer un esfuerzo ímprobo y mnemotécnico para memorizar otros jodidos cuatro números. Ya me había acostumbrado a mi Motorola negro y planito, y ahora tengo un Motorola granate y más planito, con mp3, vídeo, internet, bluethooth y otras mil mingadas que no sabré utilizar jamás… y lo peor es que el móvil es una cadena cabrona y dura que me hace estar localizado constantemente con la consecuencia de privarme de la poquita libertad que me viene quedando.
Odio los jodidos celulares.
(13:29 horas) Pillar tabaco supone subir al bar y exponerse a las miradas de la gente. Ahora no me apetece tal exposición, aunque me muero por un cigarrillo colgando de mis labios. No me apetece porque llevo toda la mañana de compras con mi niña y se me ha pasado el tiempo en un saludar constante que cada día llevo peor. La primera etapa fue en ‘Jusán´ para pillar tejanitos y alguna camiseta. Los tipos son encantadores y tienen muy bien trabado el tema de la venta con encanto [me recordó viejos tiempos estar allí, mis tiempos de vendedor de bragas y sostenes]. Mientras la niña se probaba mil trapos, yo miraba curioso entre los percheros para quedarme anonadado con los caminos de la moda: otro jodido mundo sin criterio. Saldamos con unos tejanos de pitillo y una camiseta blanca de tela de calzoncillo. La niña estaba mona, porque es mona, y yo bajé la cabeza al soltar la gallina y aún no la he levantado. Luego a la zapatería: ‘Calzados Hernández’, otro fiera del mostrador con swing y años de experiencia [cada día soy más de las tiendas pequeñas con atención personalizada… a las grandes superficies que les den bien por el culo]. La moza lo tenía claro, zapatitos de tacón acharolados con la punta mocha y partida a lo B. Boop. No tardamos nada en comprar, pero no pude levantar la cabeza [dije que aún la llevo caída] a la hora del apoquine, que no gano para gastos.
De vuelta a este santuario, mil saludos, doscientas paradas y muchas sonrisas. En el fondo me gusta que la gente muestre el afecto y lo verbalice, pero me agota, me agota mucho.
(16:29 horas) Arde lo perecedero para hacerse eterno y mientras no arde se eterniza. Me dejó hace un par de días el amigo Fabio un libraco raro de cojones que lleva por título “Matarile”. Me descojono mirándolo y leyendo algunos de sus párrafos, me admiro por los tipos que han conseguido que la Junta de Castilla y León y la Diputación de Salamanca pusieran pelas en este curro jevi y jugosísimo y me acuerdo de la movida del PP extremeño con el colega JAM Montoya [aquí tienen tajada los contrarios con las dos instituciones cutres del interior peninsular… tajada y sobretajada –para ellos, por ejemplo, la gráfica página 338 o las historias de Cagon and brother, o la pág 197 de Rebecca Junker, o la 243 de Enrique Marty, entre otras–]. Mucho más estética era la erección del Cristo Montoya, más estética y más lúcida. Vaya entrada para el león castellano, por detrás y sin lubricar.
Mi enhorabuena, en todo caso, por este atrevido trabajo, a Fernando Castro y a Domingo Sánchez Blanco, y mi más cáustica felicitación al diseño de Fabio R. De la Flor. Con dos cojones… y un palo.

(17:00 horas) Hace unos días me preguntaba un amigo en Punta Umbría [más bien se preguntaba a sí mismo en mi presencia]: ‘¿Cómo encontrar un público para mi escritura?’. Yo le contesté enseguida: ‘¿Pero es necesario un público? La escritura debe fluir libre y el fruto de ella debe quedar al pairo, para que se utilice o se silencie…’. El colega insistió: ‘Es fundamental encontrar un público, Comendador, seres que te lean y sientan contigo y a partir de ti?’ Yo me detuve un momento –íbamos paseando por los aledaños del puerto– y le dije: ‘Si quieres morir de esto, amigo, sí, es necesario que encuentres un público que te asesine… pero si quieres vivir de la escritura, lo mejor es que encuentres un editor con pelas y dispuesto a invertir en lo tuyo. Lo sacará adelante por malo que sea’. El colega torció el gesto y me dijo airado: ‘¿Estás sugiriendo que escribo mal?’. Contesté: ‘Claro’.
No volví a verle durante el resto de mi estancia en Punta.
De Tontopoemas ©...

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