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A veces atino a despertar entre sonrisas.

Medio me desperté con un café en el bar de arriba mientras charlaban los colegas de siempre de sus cosas y yo no era capaz de atenderles ni un segundo [mi poder de concentración matinal está cada día más mermado]. Unas crías del instituto –las de todos los días a la misma hora– jugaban a ser mayores en una supuesta [por mí] fuga de matices funcionarios. Se incorporó a la hora cafetera el grupo de trabajadores de la obra aneja [carpinteros, pintores, electricistas y un ingeniero técnico] y la charla se multiplicó como un bullicio. Yo seguí medio dormido [o medio despierto]. De pronto, sin atinar a saber de dónde llegaba la petición, oí cómo una voz femenina medio susurraba: “Por favor, me pones un bollito de crema”. Y ahí desperté del todo. El camarero, que estaba boquiabierto mirando una de las pantallonas de teúve en la que ponían una peli de terror, pilló un plato con una mano y con una pinza en la otra atrapó el bollito [todo con la mirada fija en la pantalla y la boca entreabierta], se detuvo un momento con sus dos manos ocupadas y por fin puso el plato sobre el bollito de crema, que hizo una cabriola, y sólo la destreza del camarero consiguió –sin dejar de mirar a la pantalla– girar el plato en un vuelo y pillar el bollito en el aire.
Me arranqué con una risa floja que se fue haciendo carcajada, poco a poco, hasta que ejerció su labor de contagio para acabar con todo el bar partiéndose el culo de risa.
Forma rechula de despertar la de hoy gracias a mi camarero de la suerte.
(22:26 horas) Todo pasa frente a mis ojos con velocidad y siento vértigo: las muchachas medio en flor, las nubes como menú del día, el verde surgido ayer en el monte de El Castañar como una magia, la muerte posada en las esquinas de piedra de las calles viejas bejaranas, una ambulancia, el tiempo, mi hija preguntando con ardor sobre su futuro universitario en Salamanca, las letras devueltas en el jodido banco de al lado, la vecina rijosa que me odia por mi coche, el lento trajinar de mis bueyes tipógrafos, la hermosa juventud que me da envidia… Siento vértigo e imposibilidad, pues percibo lo que va a ser y lo que ya no será, sin apenas poder pararme a procesarlo.
Todo este tráfago de miradas y gestos, de sucesos y lástimas, me excita hasta la falta de oxígeno. Y es que quizá ya no sé aprender de lo observado y lo mismo deba detenerme y encerrarme con mis vivencias viejas, beber de ellas, rumiarlas y digerirlas con la tranquila mirada del que sabe que no habrá nada nuevo porque no quiere que exista ya nada nuevo.
De Tontopoemas ©...

Comentarios

  1. Tiene razón Alberto. Este diario es publicable en papel.

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  2. Aunque he llegado hasta aquí navegando a la deriva desde una búsqueda sobre Amalia Bautista... me alegra haber arribado a este puerto tan interesante e instructivo.

    ¡Y además están de fiesta!

    Feliz aniversario-y-un-día.

    ResponderEliminar

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