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Sigue, viejo F., en tu alcanfor...


Es alcanfor lo que averiguo en tus axilas y retuerces en mueca la sonrisa que derrumbaba antaño, viejo. Hoy amaneciste oxidado, con los ojos hinchados por esas seis horas de sueño cortísimas, escasas… horas que taladran y que pesan como fardos enormes.
El gusano te acecha, viejo, y toda esa familia de himenópteros gustosos de cadáveres y restos putrefactos… pero tú te refugias en pensar Estrasburgo o en esos cuadros flamencos de van Eyck o de Brueghel donde la muerte triunfa sobre los cuerpos desnudos o la vida se riega con aspersores por la esfera de la más plástica locura; te engolfas en vivir arropado por los endemoniados de Líbano o los harapientos mensajeros africanos que llegan desde el sur sin nada más que nada, te deleitas en las mujeres como yemas de Santa Teresa de Ávila o en el apremio del miembro acostado en la entrepierna. Te acecha el marabú, viejo, y la corneja desde su negro irisado de invitación al banquete… y tú te pertrechas de añonuevos en Lucerna o El Cairo, te escondes en tus falsos recuerdos del París que no viste ni pisaste, te abrigas con tus musas de desván y te dejas arañar por sus uñas recién pintadas, te adormeces en esa jerga tuya en la que no existe el verbo extinguir ni en reflexivo, te alimentas usurpando como las oropéndolas… y no te reproduces.
Te acechan los pelícanos, viejo, y los peces jerárquicos de los abismos… y te quieres hacer transparente en los pórticos de un poema de Montale [‘Carta a Malvolio’]… “Fu la tua ora e non è finita…”, Calímaco y hereje de cada minuto, poseedor de una memoria subterránea y de otra lasciva… y quitas de tu cabeza el muérdago para que no haya briznas entre tu cabello de algún afán de otro.
Te espera extenuada la hiena, jadeando, viejo, pero tú la entretienes con visitas de amigos [hoy fueron Diego y Álvaro] o con el mar de hiedra que crece por tu pecho.
Te aguarda el tafetán que ponen a los muertos antes de vaciarlos en las frías autopsias, pero te da lo mismo mientras surcas el Ganges en tu cabeza extensa y te hundes en sus cienos y te lavas las rodillas en sus aguas turbias, mientras buscas los coleópteros con los que se anudan el pelo las sirenas, mientras cruzas tus libros por sus pasos de cebra sin mirar a los lados, mientras pones carnaza en las pausas para pescar cigarras inadvertidas o algún poema de Corso.
Te vigila silente, viejo, el de las últimas facturas [ya te tiene medido y trabaja en los planos de tu arcón], y tú lo sabes, pero no te importa, y le esperas en lo infinitesimal de las partidas de mus o de julepe, y le retas a rehusarte si sacas el primer as de anémonas, y le convocas a romper tu cerámica de Sèvres y la de Sargadelos y la de Castro y la de Petri el día en que tome.
Te sigue ese nictálope que desea verte arrodillado, viejo, pero sabes que, de momento, se quedará en obstuso oyente de otras necrólogicas, porque tú perteneces a los gajos de las naranjas mandarinas y a la obviedad concéntrica del kiwi.
Sigue, viejo F., en tu alcanfor y en tus ojos hinchados, persiste en el camino de Pólux, sé como el caucho en tu hemorragia de árbol…

Comentarios

  1. que triste post...
    y a lo peor es que es verdad.

    biquiños,

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  2. Es triste, como dice Aldabra, triste y hermoso. La literatura, la buena, da tristeza y belleza y uno se deja llevar por ese territorio triste, y hermoso. Qué lectura, también, más bonita. Muy sonante, muy de leer en voz alta, que es lo que nunca hago. Es malo perder ese hábito. Antes nos hacían leer en clase, en los colegios. El recitado, la querencia por la pulcritud fonética. Yo he leído en público alguna vez (poemas, cuentos, minucias) y me ha dado por pensar que soy torpe, que los años de docencia no han servido para nada. Ni los de aprendizaje. Todos son de aprendizaje, al cabo. Me estoy yendo. Saludos, amigo.

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