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Algunas claves para la lucha contra el pauperismo.


Mi relación en los últimos años con el mundo de la pobreza extrema, además de hacer que me cabree como un mandril de pura imposibilidad, me ha llevado a ciertas conclusiones que, a su vez, me piden lucha y activismo en diversos campos.
Durante estos años he llegado a comprender que el pauperismo [esa carencia de los recursos precisos para satisfacer las necesidades básicas de un ser humano] se ha convertido en una enfermedad endémica y tiene visos de pasar, si es que ya no lo ha hecho, a ser un componente genético heredable.
De los casos que conozco, que son muchos, he sacado la conclusión de que a la pobreza física le sigue un estado mental de aceptación de statu que propicia la conformidad con no tener los recursos suficientes para vivir, no acceder a la formación o a la salud y hacer dejación de uno mismo evitando cualquier lucha por salir adelante... y de ahí a la pobreza generacional que se va transmitiendo a los hijos y nietos con asombrosa naturalidad.
El problema no es que no existan caminos de acceso a los recursos precisos para salir del estado de pobreza, que los hay y bastantes [aunque no suficientes]... el problema radica fundamentalmente en que se acepta la pobreza y se deja de luchar por esos recursos... y se acepta, entre otras cosas, porque existen mensajes globales sibilinamente segregacionistas [fundamentalmente provenientes de los mecanismos religiosos de márquetin ideológico] dirigidos a mitificar la pobreza como camino de dignidad o virtud, apoyando psicológicamente cualquier opción de mantenimiento de ese estado de escasez constante [no olvidemos que las comunidades más pobres son las más creyentes y las más cumplidoras con los conceptos más primarios de la religiosidad, pues los llevan a la categoría de superstición]... esas ideas de que quien sufre en vida se está ganando una hermosa vida eterna me parecen absolutamente perniciosas para quien debe tomar la complicada decisión de salir adelante y crecer, luchando por educación, sanidad, vivienda y alimentos seguros para sí y los suyos.
Se da el caso [y es un ejemplo real y vivido] de familias a las que se les han puesto todos los mimbres precisos para iniciar el camino con cierta solvencia y no han tardado más que unos días en destruirlo todo con la excusa de que es más fácil “vivir como Dios ha decidido que vivamos”, autoafirmándose en su calidad de pobres para siempre y valiéndose de ese mensaje buenista de un Dios protector y gestor de vidas que pone y quita, sustituyendo la necesaria lucha personal por la comodidad de la fe ciega [a ver quién tiene los reaños de luchar contra Dios en estas circunstancias], cuando la lucha solo consistiría en llevar cada día a sus hijos a la escuela y preocuparse de que hagan sus tareas hasta que esto sea costumbre [se proporcionan matrícula y materiales], en mantener el espacio común ordenado y limpio, en cumplir ciertas normas básicas y lógicas de aseo personal y en tomar una postura de preocupación que lleve a buscar pequeñas mejoras diarias en el entorno... sería hora de que las múltiples religiones que manejan la pobreza y viven de ella [y muy bien] comenzasen a dar un giro ideológico en el que quedase claro que Dios solo ayuda a quien se ayuda a sí mismo y a los suyos, a quien tiene ganas de salir adelante y las desarrolla con dignidad, a quien lucha para que sus hijos se formen y vayan siempre aseados... y que quienes consiguen riquezas con su trabajo, desarrollo personal y familiar tienen abiertas de par en par las puertas grandonas de esos cielos plurales que esperan para después de muertos, hacerles entender por los caminos de la fe que ser pobre es malo y que propiciar la pobreza generacional no luchando por la educación, la sanidad, la vivienda y el alimento es el pecado mortal más grave, el que lleva de cabeza y de seguro a todos y cada uno de los infiernos posibles.
El pauperismo es una de las mayores lacras del hombre y salir de él requiere que no solo se pongan medios por parte de quienes podemos ponerlos, sino que cambien los mecanismos ideológicos y religiosos alrededor de la idea de pobreza para que quienes sufren de este mal no encuentren resquicios cómodos a los que atarse como náufragos para poder tomar con más facilidad la decisión de salir adelante peleando cada día.
Sé que desde mi posición primermundista es fácil ‘decir’, pero puede avalarme un poquito el que desde hace muchos años también trabajo en ‘hacer’, ‘conseguir’, ‘intentar’... y demasiadas cosas, de calado mayor a menor, se me han venido abajo precisamente por la falta de predisposición a salir de su estado de quien recibe.
Después de todos estos años de intentos, he comprendido que a veces, la mayoría de las veces, se obtiene más con una charla cara a cara que con dinero, materiales, comida e infraestructuras... convencer a un hombre que vive en la pobreza extrema de que tiene posibilidades de salida y de que encontrarlas depende de su lucha personal y diaria, convencerle de que ser pobre es también su culpa y no le aporta dignidad alguna ni virtud posible, termina siendo la mejor opción para poner en marcha los mecanismos precisos de salida... y luego la ayuda, claro, por supuesto, la que haga falta.

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